martes, 8 de febrero de 2011

tarea 54

indigentes. Por lo general, son víctimas de malas políticas, hostiles a la libertad de empresa (Corea del Norte, Zimbabwe, Siria), de guerras (causa principal de la miseria africana) o incluso del saqueo del país por sus dirigentes (Angola, Irak, Turkmenistán). En algunos casos, la ayuda internacional puede ser útil, no tanto para reemplazar el desarrollo, que siempre viene de adentro, sino más bien para mitigar los efectos más escandalosos de la miseria mediante campañas de vacunación, erradicación de enfermedades endémicas y distribución de agua potable. Si la ayuda internacional pudiese reemplazar al desarrollo, ya tendríamos prueba de ello; lamentablemente, sólo es un paliativo.
Sin duda, la ayuda más eficaz sería decir la verdad. En vez de difundir noticias falsas e ideologías aproximativas y trilladas, más valdría divulgar las enseñanzas de los últimos treinta años: el crecimiento es posible en cualquier lugar -aunque carezca de recursos naturales-, en cualquier clima y para todos los pueblos. El método es conocido y comprobado. Da resultado en menos de una generación porque un país que se desarrolla puede recurrir a las técnicas agrícolas, industriales y comerciales ya existentes en vez de partir de fojas cero.
Vale la pena subrayar una de estas verdades comprobadas, de cara a la cumbre de Johannesburgo: la contaminación retrocede con el desarrollo. El despegue industrial es muy contaminante porque se derrocha energía o se presta poca atención al medio ambiente. Pasó en Europa y Estados Unidos, y está sucediendo en China y la India, sobre las que flota un "nubarrón" de contaminación atmosférica (según parece, ¡éste habría reemplazado al denominado "calentamiento del planeta" como causa de perturbaciones climáticas!). Luego, a medida que la energía escasea y se encarece, la conciencia pública madura y se adquieren los medios necesarios para una mejor administración ambiental, entonces la contaminación retrocede. Todas las jeremiadas sobre la degradación ambiental resultan, pues, menos eficaces que el desarrollo en sí. Por consiguiente, un ecologista a la medida de nuestra época debe ser globalista y liberal para acelerar el progreso, que ahorrará los recursos naturales.
¿Cómo se comportará la nueva clase media universal emergente? ¿Compartirá los valores occidentales? En gran parte, ya lo hace: el sabor de las culturas antiguas se disuelve en los reflejos de los consumidores burgueses. El mundo pierde aspereza, pero gana tranquilidad. El choque de civilizaciones lo provoca

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